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Albert Sánchez Piñol , cuya primera novela, La piel fría, fue un extraordinario éxito de ventas y de crítica que reveló inmediatamente a un escritor importante y absolutamente original en la actual narrativa española, presenta ahora Pandora en el Congo, que confirma con creces la calidad demostrada entonces.

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-Da la impresión de que ha acotado un terreno, o una fórmula, que prácticamente nadie más cultiva en España: novela de aventuras con un trasfondo más profundo, existencial en cierto modo (en La piel fría, sobre todo,) metaliterario en este caso. ¿Va a ser ése tu rreno?

-Muy posiblemente. Me siento muy cómodo en la frontera de un género que incluye elementos fantásticos pero que cuesta de clasificar. De todos modos hasta ahora también he escrito relatos cortos y ensayos divulgativos, y no creo que los abandone.

-La fórmula es novedosa aquí y ahora, pero el género de aventuras fantásticas tiene ilustres precedentes clásicos (Wells, Lovecraft, Verne…). ¿Qué influencias reconoce o cuáles son sus autores de culto en este género?

-Por la temática de mis novelas es lógico, y casi inevitable, que me asocien con autores como los que cita. Pero en realidad creo que son más puntuales que otra cosa. Si en Pandora en el Congo se incluye un viaje al interior de la Tierra ya tenemos a Verne servido. En todo caso, y en un relato que en buena parte es un viaje hacia el horror, cualquier lector puede intuir la carga metafórica del episodio. En cuanto a Lovecraft, yo comparto la opinión de Borges de que su error, o limitaciones, eran que “mostraba al monstruo” (Borges dixit). En mi caso el monstruo me sirve más como catapulta para hablar de otros temas. Wells quizás sea una referencia más cercana, pero si tuviera que señalar a alguien me quedaría con Conrad.

-Algunas similitudes de esta novela con respecto a la anterior son obvias. Ha hablado de una trilogía. ¿La concibió así desde el principio? ¿Tiene ya muy elaborada la siguiente?

-La tercera parte de la trilogía está diseñada, pero ahora mismo me interesa más escribir otras historias. Una consiste en las relaciones históricas entre Occidente y los Pigmeos del centro de África. Es un relato tan apasionante, y con unos personajes tan potentes, que incluir el elemento de ficción lo estropearía. Por otra, estoy adaptando unos relatos orales bosquimanos del que espero que salga una novela corta deliciosa. En cuanto a la concepción de la trilogía, se puso en marcha mientras redactaba La piel fría. Me sabía mal cerrar la historia, y al mismo tiempo era consciente que un relato circular como aquel no debía tocarse. De ahí la concepción de la trilogía: no tanto como continuidad de personajes y argumento, sino retomando unos elementos que se repiten simétricamente para contar tres historias diferentes. El espacio escénico (es casi lo mismo encerrar a unos personajes en una isla rodeada de un océano frío que en un claro de la selva rodeado por la jungla africana), y el elemento fantástico (en la primera parte aparece del mar, en la segunda de la tierra y en la tercera del cielo).

-Los monstruos, escasamente descritos por aquello que decía Borges de Lovecraft, son siempre antropomorfos. No parece casual, parece querer decirnos que son como nosotros o que nosotros podemos ser ellos.

-El monstruo como tal tiene una utilidad social nada desdeñable. Necesitamos al monstruo para saber lo que no somos. Necesitamos, por así decirlo, espejos en negativo de nosotros mismos para acotar nuestro yo, personal o colectivo. De hecho ese es el origen de las ferias de freakies en el mundo anglosajón. (Y un apunte: fíjese que esta misma palabra —freakie— ha derivado hacia un sentido banal, frívolo y hasta casposo, pero en el fondo sigue manteniendo la misma función). Volviendo a la pregunta: ya que el monstruo sirve para expulsar de nosotros lo repulsivo, cojamos esa fórmula y apliquémosla a la literatura. Todo el proceso narrativo de La piel fría consiste en explicar la aproximación del protagonista a un Otro absoluto. En Pandora en el Congo, a la inversa, el personaje central se deslinda de un Yo colectivo monstruoso.

-Tampoco son casuales los nombres de los monstruos. Si antes eran acuáticos, ahora son tectónicos y magmáticos.

-Ya que construimos un texto, exploremos todas sus posibilidades. Y la nomenclatura es una de ellas. Que la protagonista femenina de La piel fría fuera una sirena y se llamara Aneris (Sirena al revés) me parecía muy adecuado. Algo similar ocurre con la protagonista intraterráquea de Pandora en el Congo, Amgam.

-Y esas relaciones sexuales entre humanos y monstruos son inquietantes, pero también parecen una forma de defender la comprensión hacia el Otro de un modo extremo.

-Mi problema es que ni siquiera puedo entender que eso sea motivo de sorpresa, mucho menos de escándalo. La literatura es el dominio de lo imposible. Siempre que un argumento siga fórmulas lógicas nos lo podemos permitir todo o casi todo. Por lo demás, la pregunta acierta en la cuestión básica. La frontera natural del yo es el cuerpo, que puede contactar con el otro mediante el sexo o la violencia: la aceptación o el rechazo en sus términos más absolutos.

-Aquí el humor es un ingrediente fundamental, y muy logrado por cierto. ¿Le parece básico? ¿Es un intento de quitar tensión a la historia?

-La atmósfera de Pandora en el Congo es muy distinta de La piel fría, y aquí el humor tiene cabida. Además, al tratarse de dos historias que avanzan en paralelo el humor aplicado a una de ellas permite ahondar, y separar, dos mundos muy diferentes.

-Sin embargo, por debajo del humor parece haber un cierto pesimismo sobre la condición humana, patente en muchos momentos.

-Puesto que todo el mundo señala este pesimismo que menciona, tendré que rendirme a la evidencia. Se trata de una historia que pone sobre la mesa la capacidad de seducción de nuestros imaginarios colectivos. Pero al mismo tiempo pone de manifiesto que esos mismos imaginarios son, simple y llanamente, una construcción a la que otorgamos credibilidad. Bien, es inevitable que poner sobre la mesa el alcance de lo falso genere cierto desencanto. Como autor, y hasta como ciudadano, creo que ello nos tendría que llevar a una conclusión más constructiva que pesimista: ya que los imaginarios son necesarios, asumamos que lo son, y que al menos sean bonitos.

-El aspecto metaliterario me parece esencial en esta novela. Concretamente, el hecho de las diversas interpretaciones a que da lugar un mismo texto (las interpretaciones de MacMahon o de Hardlington), o la capacidad de seducción de los personajes (Tommy se enamora de Amgam).

Desde luego. Estamos hablando de una novela que habla de una novela. De un autor que observa desde medio siglo de distancia cómo fue el proceso de elaboración de su primer texto propio. (Del cual, por cierto, en ningún momento se menciona el título). Además, el autor se presenta como un negro literario que afronta su primera historia independiente. Todos los personajes secundarios (MacMahon y Hardlington, como bien señala, pero también el juez del caso Garvey y la opinión pública) valoran de una forma diametralmente distinta el mismo contenido. Cada uno tiene su propia versión. ¡E incluso todo el texto de Pandora en el Congo puede considerarse como una última versión más de esa misma novela que no existe!: la que hace el autor, Thomas Thomson, cuando rescribe la historia de la historia sesenta años después. Por mi parte, no puedo dejar de decir que existe un cierto sarcasmo hacia eso que ha venido a llamarse metaliteratura. Después de todo, al final de la historia llegamos a conocer el origen de una historia tan retorcida y barroca: cuatro páginas mal escritas de un guión mediocre.

-Es evidente que la novela tiene dos niveles de lectura: el superficial, que tiene que ver con el relato de aventuras, y por lo tanto, paradójicamente, con el mundo intraterrestre de los tecton; y otro más profundo, con esas reflexiones que decimos y toda la carga literaria. ¿Quién sería el lector ideal de la novela?

-Yo no creo mucho en la idea del lector ideal. Y lo digo por experiencia. En las reuniones con lectores me he encontrado desde chavales de quince años hasta señoras de setenta. A mi me interesaba mucho, muchísimo, crear y desmentir imaginarios en una misma historia, y resaltar los absurdos que puede comportar ese discurso literario que tiene como objeto el mismo discurso literario. Pero otros lectores verán otros elementos. Por ejemplo: es innegable que Pandora en el congo puede ser leída como una historia de aventuras, sin más. También podría afirmarse que es una novela fantástica, o de amor, o de horror. Incluso de serie negra; hay un doble asesinato, un sospechoso, un investigador (en este caso, un escritor), un juicio y una determinación final del culpable. Con todos estos géneros por en medio me resulta imposible buscar un lector ideal.
Publicado el martes, 25 de octubre de 2005




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3 COMENTARIOS (Albert Sánchez Piñol: «Necesitamos al monstruo para saber lo que no somos»)
[1] Engancha. Sólo decir, que el libro engancha desde un principio. Lectura amena, sencilla y apasionante.
Comentado por Pedro | 08/11/2005 00:10
[2] Indiana Jones. Es como una peli de Indiana Jones, muy entretenido y con un final elegante y sorprendente.
Comentado por Pedro Martín | 15/1/2006 17:10
[3] ¡Fantástico!. Realmente bueno.
Comentado por Patri | 29/1/2006 17:39

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