18/08/2011

F.G. Haghenbeck

Cierto, El diablo me obligó, novela de F. G. Haghenbeck, publicada por Suma de letras del grupo Santillana en febrero de 2011, es para asistir a combates mortales entre seres extraordinarios, para volver a ser niños y comprobar si los pocos pelos que nos quedan aún pueden ponerse de puntas sin llorar y, desde luego, sonreír con Karl Kraus, cuya afirmación: “El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres”, es absolutamente razonable. Esa portada en rojo y negro le va perfecta, y el letrero en el Chevy del 74, bajo la estatuilla de Cantinflas, también.

Con recursos estéticos tomados de fuentes tan variadas como el comic, el cine, la literatura, los noticiarios, según confiesa el autor, El diablo me obligó es una suma de historias fuertes y memorables de esas que uno está deseando que le vuelvan a contar. Elvis Infante, el personaje principal, es un diablero mexicano que se dedica a atrapar demonios. Vive en el mítico East Side, en Los Ángeles, rodeado de chicanos de todas las calañas, donde muchos saben que mató a su hermano poseído por un ser maligno que le hizo ver su suerte. Sin pertenecer, tiene contacto con El Conclave, “un grupo de gente que no creemos en el dominio del cielo o del infierno”, muy poderosos, que organizan peleas entre ángeles y demonios, un deporte llamado Karibumaquia, donde se apuestan grandes fortunas y que controlan parte importante de la economía, la política y la religión del mundo.

F.G. Haghenbeck, nacido en la ciudad de México en 1965, trabaja su novela con una estructura de secciones continuas que hacen que una historia múltiple se lea sin dificultad. Pronto personajes como Potocky, Curlys, el padre Benjamín, la detective Schmitz, el Tecate, Billie Joe Ballard, Trou Macaq, Marmalade, y una pelirroja impregnada de Fleur de Fleurs de Nina Ricci, entran y salen sin perder la figura. Son personajes dinámicos y tan plásticos que casi se pueden tocar, gracias a un ritmo narrativo cuidadoso que no deja nada al azar y que mantiene la postura: Escribir para compartir. Se nota que el autor es un ingenioso creador de cómics.

Igual es una novela de un humor cáustico; expresiones como: “El resto de sus soldados disparaba sus armas a todo lo que pareciera terrorista. Desde una roca hasta un chivo”. Esto porque algunas de las acciones ocurren en Afganistan, “puerta del infierno”, donde Elvis es cabo y Potocky capitán, y participan en la guerra contra los talibanes, donde además conocen grandes cavernas colmadas de sorpresas. “El que se deje matar, paga las cervezas”, expresa ese estado de gracia que provoca el humor en situaciones extremas en que impera el miedo y la incertidumbre. Será allí, en los arenales de oriente, donde el diablero muestre uno de sus métodos de trabajo y nos enteremos de que nuestra cultura tiene dos bases poderosas; por un lado Dios, a quien no se puede ofender y mucho menos tocar, y el Diablo, con quien es posible luchar e incluso atrapar en recipientes especiales. Ambos personajes van de la mano y no hay día en que no estén presentes en la vida de los seres humanos; sobre todo en estos tiempos, en que no pocos quieren vender su alma. “No puedo creerlo. El hombre vendió el alma a un demonio. Riquezas, fama, una mujer guapa. Seguro le ofrecieron cable gratis…” Goethe leería feliz esta novela; quizá hasta le gustaría Tom Jones y Los Lobos.

Se pueden apreciar frases que es imposible ignorar, ya que expresan una concepción profunda de la vida y de las relaciones humanas: “Nunca hay que confiar en un ángel caído”, “nunca debes hacer enojar a una mujer”, “este mundo ya no es el mismo que creó Dios”, “la maldad humana no se ve. Está en nosotros como un órgano”. La buena literatura se trasciende a sí misma, y esta novela cumple ese requisito porque crea un universo que se comparte fácilmente, ya que explora, desde la perspectiva del humor, un universo terrorífico que consigue farsificar y hacerlo divertido. Para los mexicanos, el asunto del Diablo jamás ha sido gótico y seguro la mayoría está de acuerdo con Jean Cocteau cuando afirma que: “Dios no hubiera alcanzado nunca al gran público sin ayuda del Diablo”. Ellos son, como cantaron en Barcelona hace algunos años: “Amigos para siempre”; idea que también desarrolló el maestro José Saramago.

El Diablo me obligó es una novela de carácter, donde la acción es continua y esos personajes que entran y salen permanecen. Se juega con un mito poderoso sin máscaras y se recrea el humor a la mexicana como instrumento efectivo para sobrevivir en tiempos en que la estupidez tiene tan buena prensa.

 

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